No existe un sistema que impida grabar una pantalla. El que te diga lo contrario, te está vendiendo humo. Lo que sí se puede hacer es que compartir salga caro, que cueste trabajo, y que cuando pase sepas exactamente de qué cuenta salió.
Cada alumno ve su propio nombre y su correo sobre la imagen, en movimiento. No es un adorno del reproductor que se quita con dos clics en el navegador: va incrustado cuando el archivo se sirve. Si ese vídeo aparece en un grupo, el nombre aparece con él.
Puedes decidir cuánto tiempo de vídeo tiene cada alumno y hasta qué fecha. Sirve para lo obvio —que uno no consuma por diez— y para algo menos obvio: ver quién está estudiando de verdad y quién lleva tres semanas sin abrir nada.
Cada acceso queda registrado. Ese registro no se puede modificar ni borrar, ni siquiera desde dentro del sistema. Si algún día hay que demostrar algo, está.
Esto es lo que ninguna plataforma de vídeo hace, porque no sabe quién ha pagado. En Acadia el acceso depende del recibo: si el cobro falla, el contenido se cierra solo. La mayoría del material que circula no lo filtró un pirata — lo tenía alguien que se dio de baja hace ocho meses y siguió entrando.
El DNI y el carnet que suben en la matrícula se guardan cifrados, no como archivos sueltos en una carpeta. Solo se abren cuando alguien de tu equipo los pide, y esa apertura queda registrada.
Que nadie pueda grabar la pantalla con el móvil. Nadie puede. Lo que sí: que le cueste, que no valga la pena, y que si lo hace se sepa quién fue.
Media hora, sin presentación de ventas. Nos cuentas cómo cobras y cómo das las clases, y te decimos qué parte de eso puede ir sola — aunque la respuesta sea que todavía no te compensa.
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